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¿Una nueva locomotora?

Celeste Kauffman, Diana Rodríguez Franco
julio 5, 2014

Publicado en: La Silla Vacia

Mientras el Gobierno no ha vuelto a hablar mucho de la locomotora minera porque parece no haber crecido como se esperaba, una nueva locomotora parece estar calentando motores: la del “fracking” o los no convencionales. Aún estamos a tiempo de detenerla.

 

El fraccionamiento hidráulico (o fracking) es una técnica para explotar hidrocarburos no convencionales (gas de esquisto) que se encuentran atrapados en capas de roca. Para fraccionar la roca y permitir que el gas salga, se inyectan a alta presión grandes cantidades de agua mezcladas con arena y químicos. El gas de esquisto brota a la superficie junto con mucha de esta mezcla química. Dicha técnica se ha utilizado a pequeña escala durante décadas, pero en los últimos años se ha comenzado a hacer a gran escala, dada la necesidad económica de buscar alternativas al petróleo y la simultánea reducción en los costos de producción del fracking.

Colombia publicará el 11 de agosto la lista de empresas a las que se les adjudicaron áreas de exploración de yacimientos no convencionales, que hasta ahora cuenta con 19 bloques, la mayoría en el Magdalena Medio y el Catatumbo. Con ello, Colombia busca unirse a la llamada “revolución de gas esquisto” que comenzó en Estados Unidos.

Resulta sorprendente que Colombia se esté montando a esta locomotora cuando otros países la están frenando. A la misma velocidad a la que se montaron, varios países se están bajando de este modelo de explotación. Entre ellos se encuentran Alemania, Bulgaria, Francia y Sudáfrica que prohibieron el fracking. Lo mismo han hecho algunas provincias de Canadá y España. Incluso lo han hecho algunos de los estados pioneros de la revolución en Estados Unidos, como Nueva York, junto con otros 418 gobiernos locales y estatales que lo han prohibido o decretado moratorias.

¿Por qué este cambio de rumbo tan drástico y tan rápido? Las regiones que han experimentado con el fraccionamiento hidráulico en búsqueda de soluciones a su crisis de energía, entendieron que no todo lo que brilla es oro. A pesar del milagro energético y económico que prometió ser la industria del gas, en muchos casos, los costos ambientales del fracking superan los beneficios. De ahí la poderosa movilización ciudadana para detenerlo.

La industria del gas y sus defensores (entre ellos el Presidente Santos) sostienen que el fracking tiene múltiples ventajas. El gas natural es una energía alternativa menos costosa que el petróleo y menos dañina para el medioambiente que el carbón. Asimismo, la industria del fracking genera empleo y además, ofrece la posibilidad de lograr la independencia energética.

Pero lo cierto es que las desventajas son muchas, e incluso la validez de algunas de dichas ventajas ha sido cuestionada. Un primer riesgo del fracking es la contaminación y el agotamiento de las fuentes hídricas. El fracking requiere mucha más agua que la minería tradicional (aproximadamente 5 millones de galones por cada “frack.”) Recordamos además, que esta agua se mezcla con químicos y arena, y que gran parte de esta mezcla vuelve a la superficie con el gas. Esto ha ocasionado la contaminación del agua superficial y subterránea en mucho lugares y generado problemas con respecto al manejo del agua contaminada que vuelve a la superficie.

Las capas de roca subterráneas contienen gases y químicos dañinos para el medioambiente y la salud humana, como el metano y el arsénico. El fracking los libera al entorno humano. Ya se han encontrado niveles elevados de arsénico (un carcinógeno) en regiones donde se hace fracking. Recordemos además que el metano es el segundo gas que más contribuye al cambio climático, después del dióxido de carbono. Fugas de metano durante el proceso de fracking reducen, o anulan, los beneficios climáticos de usar gas que la industria defiende.

Con respeto a las supuestas ventajas económicas, en países como EE.UU se ha documentado que pozos que producen grandes cantidades de gas en un comienzo, han experimentado una caída en su producción de hasta un 70 por ciento en el primer año. De hecho, para mantener su producción actual, EE.UU deberá perforar anualmente 6000 pozos. Es decir, el boom no parece ser tan duradero como creían. Frente a las promesas del empleo, basta recordar cómo la locomotora minera incumplió esta promesa.

Teniendo en cuenta estos riesgos, y la incertidumbre con respeto a las supuestas ventajas, bien haría Colombia en seguir el ejemplo de muchos países y detener por completo esta locomotora. Pero si el Presidente se empeña en impulsarla, debería al menos declarar una moratoria mientras piensan bien cómo regularla.

En dado caso, consideramos que la regulación colombiana debería tener al menos los siguientes componentes:

1. Exigir buenas prácticas para el manejo del agua contaminada y prohibir el fracking en zonas que ya sufren de escasez de agua.

2. Exigir buenas prácticas para prevenir la contaminación del aire, y no permitir el fracking en zonas habitadas.

3. Exigir que las empresas publiquen los químicos que usan en el proceso.

4. Exigir que las empresas, y no los ciudadanos o el gobierno colombiano, paguen por los daños ambientales causados por el fracking y por el costo de remediación de accidentes.

5. Garantizar que los proyectos de fracking sean consultados de manera activa y eficaz con los municipios afectados, como lo exigió recientemente la Corte Constitucional para los proyectos mineros.

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