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Una visa para otro país

César Rodríguez Garavito
mayo 21, 2013

Publicado en: El Espectador

Leo en El Tiempo que el pasaporte colombiano “abre cada vez más puertas”, mientras reúno el montón de papeles que exigen los países europeos para darnos una visa. Es la tercera visa Schengen que pido en seis meses, porque cada una sirve sólo para la corta duración de un viaje

 

Leo en El Tiempo que el pasaporte colombiano “abre cada vez más puertas”, mientras reúno el montón de papeles que exigen los países europeos para darnos una visa. Es la tercera visa Schengen que pido en seis meses, porque cada una sirve sólo para la corta duración de un viaje

La ironía es doble. Quien pone las trabas es una región en crisis económica, a la que no le caerían mal unos cuantos visitantes colombianos. Y acabamos de firmar un TLC con Europa, que abre las puertas a los bienes y capitales, pero no a las personas. O mejor: las abre a los europeos, pero no a los colombianos. Aquí tenemos que seguir perdiendo tiempo y dinero en barroco papeleo: extractos bancarios, carta laboral, certificado de Cámara de Comercio, seguro médico internacional y hasta reservas confirmadas de aviones y hoteles, todo para un viaje que no se sabe si se podrá hacer porque depende de la visa misma. Para no hablar de los $143.000 que cuesta cada trámite y van a dar a las desocupadas arcas del Viejo Mundo.

Lo más irónico es que aquí celebremos como gran cosa que Francia y Bélgica nos acaban de quitar la visa de tránsito, que sirve apenas para cambiar de avión dentro de sus aeropuertos. “Colombia es otra. Y eso no sólo lo vemos nosotros; también lo ve el mundo”, declaró la canciller Holguín ante la magna noticia. Lo mismo dice Jean Claude Bessudo, presidente de Aviatur, al tiempo que su agencia recibe $150.000 por cada visa Schengen que ayuda a diligenciar.

Si se miran los datos, Colombia aún no es otra. Desnudo de visas, el pasaporte púrpura vale casi tan poco como el verde de las peores épocas del narcotráfico. Entre tanto, otros países latinoamericanos han logrado un tratamiento mucho mejor. Los venezolanos, brasileños y argentinos no necesitan visa Schengen, a pesar de no tener TLC con Europa; tampoco los mexicanos, hondureños o guatemaltecos, aunque hoy estén más afectados por el narcotráfico.

Algo así pasa con las visas para ir al resto del mundo. Con excepción de Suramérica (donde casi no hay visas entre países de la región) y Estados Unidos y China (que la exigen a casi a todas las naciones), los colombianos seguimos recibiendo un tratamiento desventajoso frente a los demás latinoamericanos. Recuerdo con una punzada en el estómago el angustioso trámite de la visa a Sudáfrica, que no tienen que sufrir los demás suramericanos. Hay que quedarse un mes sin pasaporte, mientras un consulado en Caracas examina un cartapacio de documentos con sellos y firmas originales, que parece sacado de un cuento de Kafka. Muy similar es el padecimiento de la visa australiana, que hay que tramitar por Chile.

Colombia, en cambio, exime de visas casi a la mitad del mundo. Mientras que aquí la perdonamos a 45% de los países, a nosotros nos exime sólo el 15% de ellos. Por eso hay muchos casos como el de Sudáfrica o el de Australia, a los que exentamos de visa aunque ellos nos impongan una insufrible.

La solución no es cerrar las puertas al mundo con odiosos requisitos. Pero lo mínimo es exigir reciprocidad en el trato, como lo están haciendo con éxito Brasil o Argentina. Por eso, la buena noticia no es la visa de tránsito para Francia, sino la exención mutua entre Colombia y Turquía, una de las potencias emergentes.

El gobierno Santos tiene logros innegables en política exterior. En lugar de la alineación irreflexiva con Estados Unidos y las peleas con el vecindario que dejó Uribe, hoy el país mira al mundo y tiene cierto liderazgo regional en temas claves, como las drogas. Pero tiene mucho por hacer para convencernos de que Colombia es otro país.

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