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Uribe y las sirenas

Mauricio García Villegas
mayo 1, 2009

Publicado en: El Espectador

CUENTA HOMERO EN LA ODISEA QUE las sirenas del Mediterráneo poseían un canto tan hermoso que cuando los marinos las oían, se dirigían enceguecidos hacia ellas y terminaban estrellados contra el arrecife; si no morían allí, perecían luego a manos de las sirenas.

 

CUENTA HOMERO EN LA ODISEA QUE las sirenas del Mediterráneo poseían un canto tan hermoso que cuando los marinos las oían, se dirigían enceguecidos hacia ellas y terminaban estrellados contra el arrecife; si no morían allí, perecían luego a manos de las sirenas.

Sabiendo de la existencia de este peligro, dice Homero, Ulises decidió tapar con cera los oídos de sus marineros, no sin antes pedirles que lo amarraran fuertemente al mástil del barco. El gran héroe griego pudo así escuchar el canto de las sirenas y a pesar de que pidió desesperadamente a sus compañeros que lo desataran, nadie le oyó y de esta manera logró evitar el funesto destino que las sirenas les tenían preparado.
Este pasaje de la Odisea ha sido utilizado para explicar, entre otras cosas, la manera como las constituciones sirven a los pueblos que las adoptan. Quizás valga la pena recordar eso ahora que el Gobierno pretende, una vez más, reformar la constitución para reelegir al presidente Uribe.
Cuando el pueblo redacta una Constitución, se autolimita; se ata las manos —como Ulises— con la certeza de que así podrá liberarse, en el futuro, de muchos males. Así como los marinos griegos eran tentados por las sirenas, los gobernantes son tentados por el poder. Ya lo decía Lord Acton a finales del siglo XIX: “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Para evitar que esto suceda, la Constitución amarra al gobernante y, de esa manera, le permite que alcance objetivos que, si bien son más modestos que los que él se habría propuesto si estuviera suelto, es decir, libre, por lo menos son realizables y no conducen a la catástrofe.
La autolimitación defiende a los gobernantes contra ellos mismos, contra su idealismo, contra sus pasiones, contra su ansiedad y contra su apetito de gloria. Esto no tiene nada que ver con una suerte de moderación estoica o de austeridad puritana —no es un asunto moral—, sino con un principio pragmático según el cual, en muchas ocasiones —y la vida política está llena de ellas— “lo ideal es enemigo de lo bueno” o, como decían los minimalistas, “less is more” (menos es más).
En el caso colombiano, la autolimitación tampoco tiene nada que ver con ser uribista o no. Si uno acepta la Constitución, tiene que estar dispuesto a que los gobernantes que uno apoya se amarren también. Yo no tengo mayores simpatías por el presidente Uribe, pero defendería ese principio si el gobernante actual fuera alguien de mis afectos. Lo mismo creo que deben hacer los uribistas, entre otras cosas para defender a Uribe, para protegerlo de sus impulsos y de sus pasiones.
La decisión de autolimitarse supone que las personas, y entre ellas los gobernantes, son frágiles y a veces ceden a sus tentaciones. Por eso, la autolimitación —la Constitución— es algo que nos hace mejores de lo que seríamos si estuviésemos abandonados a nuestra propia suerte. Como decía Madison en El federalista, las reglas que establecen estas limitaciones perfeccionan la naturaleza humana. Algo similar decía el juez Holmes: “la paradoja de la democracia es que si el pueblo no se atara las manos, no tendría manos”.

El problema con Uribe es que no acepta tener las limitaciones y las fragilidades que tienen los gobernantes. A diferencia de Ulises, que fue un gran héroe, el Presidente no sospecha de la existencia de las sirenas.

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