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Viajar a la antigua

Mauricio García Villegas
diciembre 15, 2012

Publicado en: El Espectador

Me encanta viajar por las carreteras de Colombia. Disfruto pasando de una cordillera a la otra; atravesando los ríos grandes que vienen del Macizo; percibiendo los cambios de clima, los olores del trópico y observando la geografía contrastada y asombrosa que tiene este país.

 

Me encanta viajar por las carreteras de Colombia. Disfruto pasando de una cordillera a la otra; atravesando los ríos grandes que vienen del Macizo; percibiendo los cambios de clima, los olores del trópico y observando la geografía contrastada y asombrosa que tiene este país.

Pero esos placeres, que comparto con millones de colombianos, en los últimos años se han convertido en lo contrario, en un disgusto. Las carreteras se han vuelto intransitables; no solo tienen el mismo trazado de camino de herradura que tenían cuando fueron construidas (hace 70 u 80 años), sino que el flujo vehicular, sobre todo de camiones, se ha vuelto insoportable. A medida que los países se desarrollan, las distancias se acortan. En Colombia uno tiene la sensación opuesta. Cuando yo era niño, mi padre tardaba una hora y media para ir de Medellín a La Pintada. Hoy ese trayecto se hace, con suerte, en dos horas y media; pero casi siempre el viaje dura tres, cuatro y hasta cinco horas. Nunca se sabe. Se supone que de Bogotá a Villavicencio hay hora y media, pero es tal la cantidad de camiones, que el viaje tarda cinco o seis horas y cuando hay un accidente de camiones, puede tardar un día completo. Lo mismo pasa con los trayectos Bogotá-Honda, Medellín-Caucasia, Bucaramanga-Santa Marta, Buenaventura-Cali y muchos otros. Volvimos a viajar como lo hacían nuestros antepasados del siglo XIX: lentamente, sin poder saber cuál es la hora de llegada y preparados para enfrentar grandes imprevistos.
Pero hay algo más. Al colapso de buena parte de la red vial colombiana (una fatalidad contra la cual, al menos por ahora, no se puede hacer nada) se agrega la sinrazón de algunas normas viales. Me refiero a dos de ellas.
La primera es la prohibición de sobrepasar en doble línea amarilla. Ya he escrito varias columnas sobre eso. En síntesis, lo que digo es que esa norma impone un comportamiento tan difícil de cumplir (ir detrás de una tractomula que va a 17 kilómetros por hora) que todos los conductores desatienden lo establecido en la norma (incluyendo las patrullas de policía), de lo cual resulta que los multados no son los infractores (que son todos), sino los que tienen la mala suerte de ser pillados. Lo que propongo es que la doble línea se utilice como una norma de prudencia (no obligatoria) y, en consecuencia, como un indicio de responsabilidad en caso de accidente.
Lo segundo es el pago del peaje para los vehículos ligeros que transitan por carreteras infestadas de tractomulas. Dado que su recorrido tarda tres, cuatro o cinco veces más de lo normal (las tractomulas, en principio, no se demoran más por la congestión), me pregunto qué justificación puede tener el pago de ese peaje. ¿Cómo es posible que alguien que va en un automóvil a 17 kilómetros por hora, con los costos que implica viajar a esa velocidad, tenga que pagar un peaje por utilizar semejante carretera? Más aún, ¿dónde está el dinero que desde hace décadas vienen cobrando las compañías privadas, dueñas de esos peajes, por utilizar esas vías decimonónicas? Con el dinero que recolectan se habría, muy probablemente, construido un oleoducto para llevar el petróleo, o una doble calzada, así fuese de unos pocos kilómetros, en donde se pudiese adelantar a los camiones.
Así, pues, al estado pésimo de las carreteras se agrega una ley de tránsito irrazonable. Ya tenemos bastante con tener que viajar con la lentitud y la incertidumbre de los viajes antiguos (y sin sus encantos) para que tengamos que pagar multas y peajes por ello. Y no estoy hablando de unos pocos colombianos; este fin de semana salen dos millones de vehículos a las carreteras.

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