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Violentólogos

Mauricio García Villegas
noviembre 7, 2015

Publicado en: El Espectador

En 1987 el gobierno del presidente Barco contrató a un grupo de profesores de la Universidad Nacional para que hiciera un estudio sobre las causas de la violencia en Colombia.

 

A ese grupo, dirigido por Gonzalo Sánchez, se le conoce como el de los violentólogos y su informe fue publicado en un libro titulado Pasado y Presente de la Violencia en Colombia. Para los violentólogos, la violencia tenía causas objetivas, como la exclusión social y la falta de participación política. Estudios posteriores, sin embargo, sostuvieron que la violencia no estaba determinada por esas causas objetivas sino por la debilidad de las instituciones. Posteriormente otras investigaciones terciaron en el debate y mostraron que ambas causas, la exclusión social y debilidad institucional, determinaban la violencia.

Yo tiendo a estar de acuerdo con esta última explicación multi-causal. Más aún, tiendo a pensar que hay una tercera causa que también interviene y a la cual se le ha prestado poca atención. Me refiero a la cultura.

Los violentólogos se ocuparon sobre todo del conflicto armado y de la violencia organizada. Pero el hecho es que menos del 20% de las muertes en Colombia obedece a grupos organizados. Casi toda nuestra violencia se origina en la vida cotidiana de la gente: vecinos, amigos, compañeros de trabajo que se agreden físicamente; maridos que golpean a sus esposas; padres que maltratan a sus hijos; hombres que violan a mujeres, etc.

Esta violencia tiene mucho que ver con los altos niveles de desconfianza interpersonal que existen en el país. Esa desconfianza, a su turno, está relacionada con el tipo de valores, principios y creencias que predominan en la sociedad. Si, por ejemplo, se toma el mapa de la Encuesta Mundial de Valores (WWS por su sigla en inglés) y se relacionan sus datos con las tasas de homicidio, se observa cómo las sociedades más tradicionales son también las más violentas. Existe una correlación entre, por un lado, rechazar cosas como el divorcio, la homosexualidad y el suicidio; ser un fiel creyente y reverenciar la patria, la autoridad o el orden y, por el otro lado, pertenecer a una sociedad en donde la gente se mata más. (Al escribir estas líneas leo una investigación que acaba de ser publicada en The Economist, en donde se muestra que los hijos de los ateos son más altruistas y solidarios que los hijos de padres religiosos).

Ahora bien, no tener esos valores tradicionales tampoco garantiza la paz social. Algunas sociedades en donde la secularización es muy fuerte, como en los países excomunistas, la violencia subsiste. Lo que sí parece producir una sociedad no violenta, en donde la gente respeta a los demás y no se matan entre ellos, es un proceso de secularización acompañado de individualización democrática. Así las cosas, para aumentar la confianza interpersonal se requiere de una educación que inculque valores seculares de tolerancia, pluralismo, individualización y respeto. Eso es lo que consiguen los países que tienen una educación mayoritariamente pública, pluriclasista y de buena calidad. Pero claro, también es necesario, por supuesto, que todo esto esté acompañado de políticas públicas destinadas a contrarrestar las otras dos causas anotadas al principio de esta columna, es decir la debilidad institucional y la exclusión social.

Digo todo esto para concluir lo siguiente: ahora que estamos a punto de entrar en el posconflicto, necesitamos un nuevo tipo de violentólogos, menos interesados en la violencia organizada y más atentos a la combinación de causas (económicas, institucionales y culturales) que sustentan la violencia cotidiana en Colombia.

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