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¿Voto obligatorio sin democracia?

Sebastián Lalinde Ordóñez
junio 27, 2014

Publicado en: La Silla Vacia

Dado que Colombia ha sido un país históricamente golpeado por el abstencionismo electoral, cada vez que hay elecciones surgen voces a favor y en contra del voto obligatorio.

 

Dado que Colombia ha sido un país históricamente golpeado por el abstencionismo electoral, cada vez que hay elecciones surgen voces a favor y en contra del voto obligatorio.

Quienes defienden el voto obligatorio indican que las democracias se han convertido en plutocracias. Por lo general, las clases sociales más altas son las que votan y, por lo tanto, sus intereses están sobre-representados, en tanto que las clases más bajas no votan y sus intereses están sub-representados.

Pues bien, según algunos, la manera de hacer más vigorosa una democracia y de lograr una mayor representación de todos los intereses que hay en la sociedad es haciendo obligatorio el voto. Así como todos debemos pagar impuestos para contribuir a un bien social (que se construyan calles, colegios, etc.), todos deberíamos votar para contribuir al bien social de tener una democracia más plural y representativa.

Pero resulta que la democracia es una forma de gobierno que, a diferencia del totalitarismo, admite cualquier visión del mundo, incluso una que no crea en la democracia, como el anarquismo o el marxismo. De suerte que obligar a los ciudadanos a votar parece algo más propio de un sistema totalitario que de uno democrático.

La respuesta de los defensores del voto obligatorio sería que los anarquistas podrían seguir expresando su descontento con el sistema a través del voto en blanco, no marcando la tarjeta o haciendo que su voto sea nulo.

Añadirían los opositores que el voto obligatorio es un intento desesperado por legitimar un sistema que no goza de legitimidad popular. Algo parecido pudo haber ocurrido con el plebiscito de 1957 que dio lugar al Frente Nacional y que fue la primera vez que las mujeres votaron en Colombia. En estas votaciones se presentó una de las mayores tasas de participación electoral en el país (72,31%), por lo que es posible pensar que el establecimiento del voto femenino fue una herramienta para que gran cantidad de mujeres acudieran a las urnas a estrenar su derecho y, quizás sin proponérselo, legitimaran con su alta participación un sistema que excluía visiones del mundo que no fuesen las del partido liberal o conservador. Obviamente entiendo que esto puede no ser concluyente por tratarse de un caso excepcional, pero al menos es útil para ilustrar el punto.

Está bien que una democracia pretenda legitimarse. Pero si en una democracia primero son las razones (educación, incentivos positivos, etc.) y después, como último recurso, la fuerza (sanciones), lo más natural es perseguir la legitimidad con incentivos y no con multas.

Además, en este caso las sanciones no serían necesarias cuando existen mecanismos menos lesivos del derecho a la libertad de expresión y de opinión, como los estímulos.

Los defensores del voto obligatorio dirán que ya hay estímulos para votar en la Ley 403 de 1997. Sin embargo, si es cierto que los sectores pobres son los que más se abstienen de votar, resulta contradictorio que los incentivos más conocidos estén dirigidos a una población que probablemente no es el grueso de los abstencionistas: los estudiantes, los trabajadores formales, quienes aspiran a un cargo de carrera y quienes quieren sacar el pasaporte. Probablemente el incentivo que mejor está focalizado es el de la preferencia en la adjudicación de becas, de predios rurales y de subsidios de vivienda para quienes votaron. Aunque no tengo evidencia, mi percepción es que este incentivo no ha tenido la publicidad que merece.

Admito que hay poderosos argumentos de lado y lado. Como estoy convencido de que el Estado no puede ser neutral frente a la participación y que aumentarla es deseable, por lo pronto estoy más lejos del voto obligatorio y más cerca de la profundización de los incentivos.

El voto obligatorio me suena a aquella tesis totalitaria de Fukuyama de que con la democracia ha llegado el fin de la historia. También me suena a querer imponer por la fuerza el modelo del buen ciudadano que participa en las elecciones (perfeccionismo moral), así después de los comicios no haga control ciudadano o veeduría. Prefiero, como diría Mockus, más zanahoria y menos martillo, no solo para incentivar el voto sino también el control ciudadano post elecciones.

En fin, toda esta discusión me trae a la memoria a los psicoanalistas, para quienes el derecho es el cambio de los deseos, los instintos y las pasiones por el amor a la ley, por el amor a palabras tranquilizadoras. Y el voto obligatorio podría ser una palabra tranquilizadora: “A quien eligieron resultó un dictador, pero no se preocupen, no se angustien, quédense tranquilos porque ese dictador fue elegido en unas elecciones con cero abstención”.

¿Usted qué piensa?

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